domingo, 20 de septiembre de 2020

El emperador respeta la tumba de su peor enemigo


 Carlos I entró en Valladolid en 1517 procedente de los Países Bajos y tras desembarcar en Asturias, llegó al centro de la Meseta. El quinto centenario de este importante hecho se conmemoró hace tres años y fue algo importante para la ciudad de los ríos Pisuerga y Esgueva.

La mentalidad de otros lugares de Europa no era la española y muchos vieron al hijo de Juana I de Castilla, imposibilitada para gobernar, como un extranjero.

Pudo existir un estado intermedio entre Francia y Alemania, heredero de la Lotaringia y con posibilidades económicas interesantes al unir los Países Bajos con el norte de Italia pero no se consolidó y como restos tenemos Bélgica, Holanda, Suiza y la ahora francesa Saboya. El bisabuelo de Carlos I, Carlos "El Temerario", padre de María de Borgoña (título de un lugar hoy francés), fue derrotado y asesinado por los suizos, que verán reconocida su total independencia y separación del Sacro Imperio en Westfalia, 1648.

El fraile agustino Martín Lutero se opuso a los excesos de la Iglesia y se separó de Roma definitivamente, lo que propició una oportunidad para los príncipes del Sacro Imperio para enriquecerse y oponerse al Emperador.

Cuando Carlos I entró en Wittenberg se opuso a la profanación de la tumba de Lutero porque "luchaba contra los vivos y no contra los muertos". Tal vez se considera soberano de católicos y reformados. Victorias como Muhlberg sirvieron de muy poco y la paz de Augsburgo dejó libertad religiosa a los príncipes imperiales y los súbditos seguirían esa religión. 

Carlos I se entrevistó con Lutero y no quebrantó la promesa de respetar la vida de uno de sus peores enemigos. Quién sabe si su hijo Felipe II hubiese hecho lo mismo. Lutero no fue el único ni el primero. Librepensadores como Giordano Bruno, Pico della Mirandolla y Galileo sufrieron la ira de Roma. 

Los reformadores fueron Calvino, Zwinglio, Huss, Beza, el propio Lutero, Knox y otros pero España, Portugal, Polonia, parte de Alemania e Italia seguirán bajo la órbita religiosa de Roma. De Enrique VIII de Inglaterra y sus mujeres hablaremos en otro momento. Tal vez un hijo de Felipe II y María Tudor hubiese cambiado la historia de Europa.

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